Cuando hablaba con otros viajeros sobre India mi reflexión era siempre la misma: Viajar a India, para mí, es recibirse de viajero.  India en mi cabeza era la prueba final: choque cultural, quilombos de logística y resilicencia minuto a minuto. No podía imaginarme que tan chica me quedaría esa definición al llegar a la capital de India. 

Volamos desde Bangkok, los trámites para la visa habían sido  bastante expeditivos. Leyendo otras experiencias esperaba encontrarme con un aeropuerto de Nueva Delhi menos sofisticado, por así llamarlo, pero no tenía nada para criticar. Al menos hasta llegar adonde efectivamente necesitábamos del trabajo de un empleado.

No sé cuantos aviones de gente había en la espera, pero sí recuerdo que pasamos al menos 240 minutos parados esperando, en donde ya nos entreteníamos con las formas de superar esa espera que cada uno tenía. Unos dormían, otros comían, otros se peleaban entre sí. Estábamos a unos momentos de crear una comunidad en esa cola.

Era de madrugada, habíamos llegado en el límite de un día y el comienzo del otro. Eso podía significar solo una cosa: debíamos pasar la noche en el Aeropuerto. Habiendo investigado antes, el mejor lugar para dormir parecía ser en el camino hacia el subte o metro. Así que después de comer algo buscamos un lugar cómodo y no muy expuesto y  nos tiramos a dormir.

Primer  encuentro con ojos oscuros que se te clavan y poco podes hacer al respecto. Leía en todos lados que es muy común que a un extranjero se le cuelguen los ojos de algún indio que se le cruce así que venía preparada pero cuando me paso por primera vez lo único que quería era que me saquen esos ojos de encima. Para colmo mi compañero de viaje ya dormía plácidamente y yo lejos estaba de hacerlo.

Cuando finalmente me decido a intentar dormir, hago una almohada con mi mochila y me resigno al piso sucio. No pasaron ni cinco minutos de haber logrado dormirme que siento que algo me muerde el dedo índice. Pegue un salto olímpico acompañado de un grito de desconcierto y desperté a mi compañero: no solo no entendió nada sino que opto por pensar que era una exagerada y me dijo que volviera a dormir mientras se iba al baño. Yo me quede ahí (aun acechada por esos ojos negros) y decidí reacomodar mi cama improvisada. Al menor movimiento salió la asaltante: una ratita mediana que se había visto tentada por el sugerente olor a pollo frito de la yema de mis dedos.

Bienvenida a India: una rata te mordió en tu primera noche.

No, no fui al medico. Si, fue un poco inconsciente, pero mi dedo no tenía más que un color rojito  que no parecía evolucionar hacia ningún lado así que tampoco me intranquilice mucho.

Casi había amanecido, tomamos nuestras cosas y fuimos a tomarnos el subte. No estaba nada mal tampoco, casi quería creer que era exagerado todo lo que había oído sobre Nueva Delhi. Hasta que llegamos a la estación de Nueva Delhi.

Salimos del subte y aun era de noche. Una neblina grisácea cubría el cielo y la iluminación pública de tonos  amarillentos sumaban (..) a un entorno espectral. Pero la vista no era el sentido más afectado en esta primera impresión de Nueva Delhi.

Apenas se abrieron las puertas de salida y fuimos expulsados lejos del aire acondicionado, un hedor agrio nos invadió las narices. Húmedo, caliente y agrio, a eso olía el ambiente apenas iniciado el día en ese sector de Nueva Delhi.

Mientras nos acercábamos mas a la estación de trenes, que debíamos atravesar para llegar a Paharganj la “zona mochilera” de  la ciudad, íbamos  esquivando taxistas bastante insistentes. El piso de la estación estaba casi completamente cubierto por personas que desplegaban mantas y ahí  descansaban, comían o simplemente esperaban el tren.   El cuadro lo completaban perros y perras parturientas con visibles enfermedades en la piel a los que preferíamos esquivar.

Esta era la Nueva Delhi  que costaba superar, la del choque apenas llegás, la que hay que ver para creer y superar para poder disfrutar de India y todo lo que tiene para ofrecer.  Intentamos cruzar por un puente que pasaba sobre las vías y aunque nos habían advertido que se interpondrían en nuestro camino (hasta físicamente) decidimos no insistir y dimos la vuelta “grande” para llegar a nuestro alojamiento.

Recuerdo que me llamaban la atención los cuervos inmensos que nos cruzamos en el camino, comiendo todo tipo de basura, compartiéndola con las vacas que comían y cagaban en igual medida los desechos que no eran pocos.

La “zona mochilera” parecía un sitio de guerra. Edificios derruidos y más basura desparramada en las calles, esquivar vacas, terneritos  y carros era parte del plan de supervivencia y eso hicimos un buen rato hasta encontrar un hotel con precio algo decente. Por cierto eran todos muy caros en relación a los precios asiáticos y si, eran sucios y poco aireados (que al pagar poco puedo hacer la vista gorda, pero por 15 usd por noche  en Tailandia se consigue algo mil veces mejor) Dormimos una noche en el primer lugar semi decente que encontramos y decidimos que al día siguiente seguiríamos buscando por la mañana.

La salida del aeropuerto fue fácil, llegue con miles de historias de estafas, desvíos y variedad de fraudes para los que recién llegan a la ciudad. El subte es la solución a todos esos problemas. Pero desde el primer dia ya sospechábamos que iba a ser una superación diaria de obstáculos típicos al turista: pagar mas, mentiras para desviarte de tu alojamiento, e incluso esta nueva modalidad de interrumpirte el paso.

Dos de las mentiras mas memorables de ese primer dia fueron protagonizadas por el amigo del señor que vendia Rotis y dominaba el ingles y nos cobro  5 veces lo que valía uno, y ese otro amigo ocasional que nos aconsejaba no hospedarnos en Paharganj porque era una zona de “musulmanes” donde había atentados casi cada semana.

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